Categoría: Ciencia ficción

La Ciudad Embajada, de China Miéville

Ahora los Ariekei estaban aprendiendo a hablar, y a pensar, y eso dolía.

Puntuación: 4/5
Autor: China Miéville
Género: ciencia ficción
Editorial: Pan Books / Fantascy
Videoreseña

EmbassytownLa Ciudad Embajada ha sido mi primera toma de contacto con Miéville. No sabía muy bien qué esperar, salvo algo surrealista y extraño, pero finalmente he descubierto mucho más: es una historia que no duda en romper moldes y en sacar al lector de su zona de confort. La historia transcurre en el planeta Arieka, en concreto, en Ciudad Embajada,  que goza de una posición estratégica gracias a su ubicación en el extremo del Universo conocido. En este lugar conviven los humanos (Terre) y varias razas alienígenas de forma pacífica, incluidos los autóctonos Ariekei, comúnmente conocidos como Anfitriones. No obstante, la comunicación entre Anfitriones y humanos es, aparentemente, imposible.
Los Anfitriones cuentan con dos orificios/bocas que emplean para hablar, pronunciando así dos sonidos a la vez. La particularidad de este Idioma es su literalidad: solo son capaces de describir la realidad tal y como es; o sea, no pueden emplear tropos como las mentiras o las metáforas. El pensamiento, la realidad y el lenguaje permanecen siempre unidos. Para suplir estas carencias, recurren a la construcción de símiles, que obedecen a una realidad mediante la ejecución de una serie de acciones al pie de la letra. De este modo, ciertos personajes -entre ellos la protagonista, Avice- pasarán a formar parte del Idioma.

La trama plantea disquisiciones interesantes, como los recursos que empleamos para la creación de significado (verdades a partir de no-verdades) y la colonización a través del lenguaje (¿es el lenguaje extorsión o cooperación?). Cuando me paro a pensar por qué me resulta tan excéntrico este libro, recuerdo Solaris, de Stanisław Lem. Los Ariekei son, en cierto modo, como su misterioso océano: entes aparentemente inteligentes, pero carentes de sentidos. La imaginación de Miéville, además de ser alucinante, traslada esa sensación de extrañeza e inverosimilitud que debería ser algo intrínseco cuando hablamos de especies alienígenas. En este caso, el principal obstáculo no es el contacto, sino la creación de significado a partir de lo abstracto, algo a lo que nosotros recurrimos de forma habitual para dar forma a nuestros pensamientos y emociones.

En resumen, este libro es raro, ingenioso y enrevesado. Las explicaciones brillan por su ausencia durante el primer tercio, sin contar que alterna una narrativa entre presente y pasado. Es una lectura que exige cierto esfuerzo y concentración para no quedarte atrás. Si ya tienes suficiente bagaje en ciencia ficción y te apetece un reto: adelante, será una experiencia excepcional. Además, hará las delicias de cualquier lector apasionado a la lingüística y a las teorías del lenguaje.

Flores para Algernon, de Daniel Keyes

Although we know the end of the maze holds death (and it is something I have not always known—not long ago the adolescent in me thought death could happen only to other people), I see now that the path I choose through that maze makes me what I am. I am not only a thing, but also a way of being—one of many ways—and knowing the paths I have followed and the ones left to take will help me understand what I am becoming.

Puntuación: 4/5
Autor: Daniel Keyes
Género: ciencia ficción
Editorial: Harcourt

Flores para AlgernonFlores para Algernon narra la historia de Charlie Gordon, un hombre de 32 años con un coeficiente intelectual de 68, cuya vida se reduce a su trabajo en la panadería y a sus clases en el colegio. Todo cambia cuando un día le invitan a participar en un experimento que promete aumentar su inteligencia después del éxito cosechado en animales. Charlie empieza a imaginar cómo cambiaría su vida si fuera como los demás: no solo sorprendería a sus amigos en el trabajo y en el colegio, también podría demostrarles a sus padres que por fin es ese hijo “normal” capaz de valerse por sí mismo.

Daniel Keyes lanza preguntas relevantes e incómodas sobre la deleznable actitud de la sociedad hacia los discapacitados mentales. El entusiasmo y el excesivo interés de Charlie por aprender demuestra que no se encuentra integrado en su entorno, una sociedad incapaz de aceptarlo tal y como es. No existe ese punto intermedio con el que la mayoría nos contentamos -o nos quejamos-; en su lugar, vive en ambos espectros de lo “excepcional”, un adjetivo que, como él mismo demuestra, acarrea connotaciones negativas y positivas. Antes de la operación, Charlie es víctima del desprecio, del maltrato e incluso de un excesivo paternalismo. Después de la operación, la cúspide de su inteligencia se posiciona como obstáculo de la felicidad, cuando es igualmente aborrecido y odiado. Dicho de otro modo, cualquier desviación de la norma no es bien recibida.

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Solaris, de Stanisław Lem

No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Con uno, ya nos atragantamos.

Puntuación: 3/5
Autor: Stanisław Lem
Género: ciencia ficción
Editorial: Impedimenta

Solaris, de Stanisław Lem, es una historia acerca de la imposibilidad de establecer contacto con otras especies, el erróneo planteamiento de antropomorfizar lo desconocido y, en un plano paralelo, una reflexión sobre la identidad humana.

La historia, contada desde la perspectiva en primera persona del psicólogo Kris Kelvin, transcurre en el planeta extraterrestre Solaris, compuesto en su totalidad por un océano protoplasmático aparentemente inteligente. Esta es la principal razón por la que innumerables científicos (los «solaristas») se han propuesto estudiar la verdadera naturaleza de este misterioso océano dotado de sentidos y, sobre todo, la forma de interactuar con él. A lo largo del libro abundan las discusiones que condensan todo el conocimiento recopilado hasta el momento sobre Solaris; no obstante, más allá del plano descriptivo de los fenómenos que manifiesta el océano (los «mimoides», «simetríadas», «asimetríadas», etc.), los estudios han sido más bien infructuosos. Después de años de investigación, no se ha llegado a ninguna conclusión real sobre la verdadera naturaleza del océano.

Dicho esto, los improductivos intentos de establecer contacto no están del todo exentos de respuesta: por la razón que sea, el océano parece ser capaz de adentrarse e interpretar los recovecos de la mente humana. Los tres científicos a bordo de la estación espacial reciben inesperadas visitas, en apariencia humanos, que han sido creados por el océano. En el caso del protagonista, se encuentra con Harey, su expareja, que se había suicidado tiempo atrás tras la ruptura de su relación. En esta ocasión, Kelvin no puede deshacerse de ella, ya sea su manifestación física o su recuerdo. La reacción del personaje ante su presencia es, comprensiblemente, inaudita: su visitante representa su culpabilidad ante el suicidio, así como el recuerdo de los momentos felices y no tan felices de su relación. Al mismo tiempo, Kelvin tampoco puede abandonar el enigma que plantea el océano, a pesar de ser consciente de su irracionalidad al vincularlo con la esperanza del retorno de Harey.

A raíz de este problema, el autor plantea tres cuestiones interesantes: por una parte, la incoherencia de proponer un planteamiento antropomórfico a la hora de estudiar un ente alienígena (¿por qué lo hace? ¿Hay alguna razón oculta? ¿Quiere decirnos algo?); por otra, las falsas expectativas de nuestro absurdo y repetido deseo por establecer contacto con otras especies; y, por último, nuestra reacción ante los límites del conocimiento científico. El desconocimiento es el motivo que conduce a algunos de estos científicos a considerar el mar como un ente superior (de hecho, en determinados momentos se establece un paralelismo con Dios).

Solaris no solo rompe con ciertas convenciones del género (la historia no ofrece ninguna «respuesta» y no nos movemos del punto de partida en ningún momento), sino que también expone -con alguna que otra dosis de ironía- el aparente optimismo y prepotencia de nuestro deseo por querer dominar y dotar a todo de sentido, un sentido que solo somos capaces de conformar bajo nuestro limitado prisma humano, pese a que nuestra identidad sigue siendo una incógnita para nosotros.

La rueda celeste, de Ursula K. Le Guin

El fin justifica los medios; ¿pero qué ocurre si nunca hay un fin? Todo lo que tenemos son medios.

PortadaPuntuación: 3,5/5
Autor: Ursula K. Le Guin
Género: ciencia ficción
Editorial: Minotauro

¿Qué ocurriría si tus sueños tuvieran el poder de cambiar el mundo?

George Orr es un hombre que, pese a su actitud pasiva y conformista, acarrea con un gran peso a sus espaldas: algunos de sus sueños pueden alterar su vida y todo cuanto le rodea. Aunque no todos los sueños son “efectivos”, George se ve consumido e incluso paralizado por el terror que le infunde la imprevisibilidad de su subconsciente. Ten cuidado con lo que deseas.

El protagonista, residente en la atestada ciudad de Portland, recurre a las drogas con la esperanza de inhibir la efectividad de sus sueños. No obstante, las autoridades lo detienen rápidamente al detectar un uso indebido de tarjetas farmacéuticas ajenas. A partir de este momento, tiene dos opciones: someterse a una terapia “voluntaria” con el doctor Haber o, de lo contrario, ingresar en una institución psiquiátrica. Una situación imposible.

El doctor Haber, un hombre soberbio y en principio incrédulo, induce a George a una serie de sueños profundos mediante hipnosis y el uso de un misterioso aparato (el “Aumentador”), que garantiza la llegada al estado REM en un tiempo récord. Lo que comienza como una serie de experimentos inofensivos, tales como cambiar la decoración de una consulta, pronto se transforma en una serie catastróficas desdichas a medida que Haber abusa del poder de George “por el bien del mundo”. El problema, claro está, reside en que resulta imposible dictar un guion para los sueños: el subconsciente de George pronto interpretará las directrices de Haber de la forma más inverosímil. Por poner un ejemplo, si Haber pide la paz mundial, el subconsciente de George eliminará el conflicto entre humanos e introducirá un enemigo común: ¡alienígenas!

Cuando esta situación se repite una, y dos, y tres veces, el mensaje está más que claro: no se puede controlar lo incontrolable e imponer una única visión en el mundo… En pocas palabras, no se puede jugar a ser Dios. Las actitudes del doctor Haber y George chocan irremediablemente: uno ve lógica su intervención en pos del bienestar mundial, mientras que otro busca por todos los medios deshacerse de tal responsabilidad y limitarse a aceptar la realidad tal y como es, tanto para bien como para mal.

No se trata de una historia que repare en los detalles respecto al funcionamiento del Aumentador o los sueños de George; de hecho, la acción avanza a pasos agigantados a medida que las realidades se sobreponen una tras otra. Resulta inevitable llegar rápidamente al punto de la historia en el que se cuestiona si no sería más sencillo obligar a George a soñar con una cura que extinguiera los sueños efectivos. Sin embargo, podría decirse que la verdadera solución del problema empieza por un cambio en la actitud del personaje.

Puede que la premisa de la novela haya envejecido algo mal con el paso de los años, pero la resolución del conflicto es algo… confusa, incluso en el contexto onírico de la novela. En este caso, es posible que lo más importante sea la transformación del protagonista y no tanto los hechos en sí. Dicho esto, no me queda muy claro el significado del último sueño de George; ¿por qué es este el desencadenante para que salte a la acción?

Lo que en principio aparenta ser una premisa sencilla da lugar a un abanico de reflexiones sobre la ética, el poder, el control y la posición que adoptamos para afrontar estas situaciones. En la superficie, George acaba por retomar las riendas de su vida y aceptar una realidad un tanto más colorida y optimista. Parece un final bastante cerrado y satisfactorio, aunque no exento de incógnitas: ¿es todo un sueño de George o Haber? ¿Están todos vivos gracias a los sueños de George?

Station Eleven, de Emily St. John Mandel

I stood looking over my damaged home and tried to forget the sweetness of life on Earth.

station-elevenPuntuación: 4/5
Autor: Emily St. John Mandel
Género: ciencia ficción
Editorial: Picador

Station Eleven, de Emily St. John Mandel, es una novela posapocalíptica que relata los eventos acontecidos antes y después de una epidemia que arrasa en cuestión de días con la mayor parte de la población mundial. A primera vista, puede resultar una premisa bastante recurrente en novelas de género, pero a diferencia de la mayoría, se trata de una historia cuya fuerza recae en la evolución de los personajes.

La historia arranca con la muerte del actor Arthur Leander durante una representación teatral de El rey Lear. Aunque no hay un único protagonista en esta historia, Arthur es el principal nexo de unión entre los distintos personajes representados en la historia (consciente e inconscientemente), en una línea similar a la hipótesis de los seis grados de separación. De este modo, conocemos a Kirsten, una joven actriz que interpreta a una de las hijas del rey Lear; a Jeevan, paramédico en ciernes con una trayectoria profesional algo variopinta; Miranda, la primera mujer de Arthur y autora de la novela gráfica Station Eleven; Clark, el mejor amigo de Arthur; y Elizabeth y Tyler, segunda mujer y primogénito de Arthur, respectivamente.

Aunque la autora deja caer alguna pista puntual, desconocemos lo que ocurre justo después o durante la epidemia. No obstante, no es algo que perjudique al desarrollo de la historia. No nos centraremos tanto en el porqué del apocalipsis o los supuestos años de caos y destrucción que le precedieron; en su lugar, observaremos las vidas de los personajes antes de la tragedia y durante los años 15-20, donde el arte y la cultura prevalecen (no solo en las formas más exaltadas como las obras de Shakespeare, sino en otras aparentemente más “triviales” como novelas gráficas, revistas de cotilleos, aparatos electrónicos, etc.), se forman nuevas comunidades e identidades, y la supervivencia es algo más que una una consecuencia fortuita. Tal y como reza el lema de la compañía teatral a la que Kirsten pertenece: “No basta con sobrevivir”.

Las numerosas pinceladas de las vidas de todos y cada uno de estos personajes, intercaladas a lo largo de la novela, nos permiten observar la curiosa transformación de un grupo de personas aparentemente heterogéneo. Supongo que ese es uno de los aspectos que más me han atraído de la novela: su tono sutil a la par que optimista. Aunque posee los típicos elementos de historias posapocalípticas (la sensación de aislamiento, inseguridad, falta de comunicación, comodidades como la electricidad y los medios de transporte, etc.), Station Eleven ofrece una perspectiva distinta al terror y a la acción que estamos acostumbrados a ver. Esto no quiere decir que esté completamente exenta de acción o misterio; en cambio, lo que más destaca es la prevalencia de la naturaleza humana. Por una vez, contemplamos cómo la población ha empezado a asentarse y no solo ha asumido una nueva realidad, sino que empieza a vislumbrarse un atisbo de esperanza. En esta misma línea, resulta interesante el debate sobre la actitud que las personas adoptan respecto a los conocimientos del ya antiguo mundo: ¿sería mejor preservarlos y honrarlos, como Clark en su Museo de la civilización, o ignorarlos para que las nuevas generaciones no sean conscientes del desolador futuro que les aguarda?

Station Eleven no deja indiferente y da mucho que pensar. Las vivencias de los personajes, lejos de parecer experiencias inconexas, forman gradualmente un mosaico bastante realista. Si hay algo positivo que puede extraerse de la conducta de cada uno de los personajes es su increíble resiliencia. La actitud humana ante la pérdida y los recuerdos, así como las distintas formas de dotar de significado su existencia, es como un soplo de aire fresco en la habitual tendencia de historias posapocalípticas.

Os recomiendo darle una oportunidad, seáis o no amantes del género. En España la novela está publicada bajo el título Estación Once, con traducción de Puerto Barruetabeña.

Yabarí, de Lola Robles

Son hombres como usted y yo, y como los yabaríes. Cuando eran niños, igual que todos estos pequeños con los que vamos, tenían el corazón limpio. Se han comportado de una forma malvada, pero quizás en sus circunstancias los demás también lo haríamos.

Puntuación: 5/5
Autor: Lola Robles
Género: ciencia ficción
Editorial: Editorial Cerbero

PortadaYabarí es la segunda entrega de la colección Wyser de la Editorial Cerbero. Esta nueva editorial desembarcó en Barcelona la semana pasada y, tras asistir a la presentación en Gilgamesh y oír hablar a Lola Robles, sabía que tenía que leer esta novela corta. Y no me defraudó. Me da cierto reparo reconocer que tengo serias lagunas en obras de género firmadas por autores españoles (y ya no hablemos autoras), aunque espero ir remediándolo poco a poco.

Nada más empezar la lectura, me sorprendió descubrir el guiño a la famosa novela de Joseph Conrad, pues me trajo gratos recuerdos de mis últimos años de carrera. En esta ocasión, no estamos en África, sino en Yabarí, un planeta cuya vasta selva alberga una nueva y codiciada forma de combustible, la bentá. La protagonista, Muriel Johansdóttir, acude al planeta como corresponsal de la agencia LEF con el objetivo de investigar ciertas prácticas cuestionables que están llevando a cabo las empresas explotadoras sobre los nativos de este planeta. Por desgracia, a pesar de estar ambientada en un futuro donde abundan los avances tecnológicos y los viajes espaciales, hay cuestiones que han logrado permanecer vigentes con el paso del tiempo: corrupción, maltrato, explotación sexual de las mujeres, etc.

Yabarí es una novela corta que logra plantear una serie de cuestiones interesantes sin perjudicar al trepidante ritmo de la historia. Muchos argumentarán que no existe un “cierre” como tal; no obstante, creo que parte del atractivo de la novela es dejar suficiente espacio al lector para reflexionar y formar sus propias opiniones. Lola Robles comentaba durante la presentación que vivimos actualmente en la sociedad de lo inmediato, e incluso añadiría, en un entorno donde lo habitual es recibir un exceso de información que digerimos sin pensar.

Más allá de la acción y del increíble mundo que Robles ha creado en tan pocas páginas, uno de mis momentos favoritos de la historia es el debate que tiene lugar entre Darkóvic y Managua sobre la naturaleza de las misteriosas Zonas Blancas de la selva (un poco como Jack y Locke en Lost: hombre de ciencia y hombre de fe, respectivamente). En cualquier caso, ambos personajes arrojan explicaciones de distinta naturaleza sobre los misteriosos eventos que suceden en estos enclaves. No llegamos a conocer la opinión de la periodista pero, en el contexto de esta novela, ¿quién tiene autoridad para afirmar que una teoría es más válida que la otra? Darkóvic va un paso más allá: ¿hasta qué punto resulta relevante saber la verdad, si antes de que lleguemos a una conclusión hemos pasado al siguiente asunto del día? Aunque el principal objetivo de Johansdóttir sea denunciar a las empresas explotadoras, ella misma es consciente de que cualquier tipo de respuesta o ayuda por parte de otros planetas llevará tiempo.
Quizá no es tan importante la respuesta en sí a estas cuestiones, sino la búsqueda de la verdad a través de los testimonios de distintos individuos moldeados por sus propias creencias y su educación (ya vemos lo pronto que se desacreditan los personajes entre sí) y nuestra actitud a la hora de enfrentarnos a la verdad. Cuando por fin contamos con los puntos de vista de Darkóvic, Managua y el nativo, ¿sirve toda esa información para llegar a una respuesta o para distorsionar la realidad todavía más?

Otro de mis elementos favoritos de la historia (y esto es raro que lo diga) es la protagonista. En ocasiones, me resulta difícil conectar con los personajes femeninos retratados en historias de fantasía y ciencia ficción porque todas parecen tener en común cierta fuerza, poder especial o voluntad que las conduce sin vacilación a lo largo de la historia. Sin embargo, Muriel es… humana, en el mejor sentido de la palabra. No solo demuestra ser tenaz, curiosa e incluso valiente cuando la situación lo requiere, sino que también entrevemos vulnerabilidad, miedo e incertidumbre.

En resumen, Yabarí es una novela corta con una gran carga argumental que cumple a la perfección su propósito. No será lo último que lea de Lola Robles o de esta editorial. Si os interesa, podéis haceros con el libro en formato físico o digital desde su propia página web.